La esencia provisoria de la república

Por Dante Palma

Desde hace algunos años, con cierto carácter espasmódico, se ha instalado la idea de que a pesar de que nuestra democracia parece lentamente empezar a consolidarse, aún goza de un enorme déficit republicano. El embate tuvo su primer esbozo en la intentona exitosa de la reforma constitucional de 1994 que realizaba una serie de modificaciones, en algunos casos, cosméticas, para avalar la posibilidad de reelección presidencial. Sin embargo, el reclamo por una mayor institucionalidad y el respeto por la Constitución recrudeció en los últimos años ante lo que se presenta como una desmedida injerencia del poder ejecutivo en el resto de los poderes. Dejando de lado los partidos de ultraizquierda, prácticamente todo el arco político se subió al carro de reclamar la “restauración de la República”. El ejemplo paradigmático en este sentido fue el de Elisa Carrió quien instaló como slogan y como eje de su nueva fuerza, la necesidad de recuperar los valores republicanos de los argentinos, algo que fue acompañado por las principales plumas del pensamiento de centro, centro-derecha e, insólitamente, por justicialistas no kirchneristas demasiado apegados al esquema vertical del movimiento como así también por corporaciones cuyo pasado ha sido testigo de comportamientos muy poco apegados a las formas democráticas. Pero, incluso CFK accedió al poder con un discurso que destacaba la idea de un “segundo momento kirchnerista” en el que, alejados ya de la crisis, era posible ser más respetuosos de la constitución republicana. La pregunta que cabe hacerse en este punto es ¿cuál es la República que se quiere restaurar? ¿Existió alguna vez?
La Constitución que es referencia obligada en nuestra historia es la formulada en 1853 y cuyos principales lineamientos se encuentran en Las Bases de Alberdi. Ésta, a su vez, admitía tener como faro la constitución norteamericana cuyo ideario se encuentra expresado principalmente en “El Federalista”. Sin embargo, probablemente obnubilados por la continuidad de la República norteamericana, pocos han tenido en cuenta características muy particulares de la propuesta alberdiana.
En primer lugar, algo que para el lector desprevenido puede resultar chocante, Alberdi piensa una constitución provisoria. Efectivamente aún cuando intuitivamente pensemos que las constituciones son un elemento fundante, permanente e identificatorio, Alberdi considera que su propuesta es sólo válida para los tiempos excepcionales que le tocaba vivir a nuestro territorio. De aquí la ya célebre distinción entre la república “posible”, esto es, la república imperfecta pero adecuada para un pueblo que “no estaba preparado” y la república “verdadera”, aquella que florecería en un tiempo futuro y tras un largo proceso que comenzaría con el implante, en estas tierras, de la civilización del progreso material y los ideales liberal-individualistas.
Vinculado a esto, Alberdi nos habla de “grados” de República, invalidando la idea maniquea de “República total o autoritarismo”. A su vez esta gradación se corresponde con etapas en el desarrollo de los pueblos. Es en esta línea donde el tucumano, para horror de los liberales conservadores de manual, hace suya una frase de Simón Bolívar que pronunciada por Hugo Chávez, sería un escándalo de consideraciones: “Los nuevos Estados de la América antes española necesitan reyes con el nombre de presidentes”. Alberdi propone así una “constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma”. De esta manera, el equilibrio de poderes es pura cosmética y el poder total es depositado en el poder ejecutivo. En otras palabras, se trata de instituir un gobierno fuerte y una población ocupada en desarrollar su afán de progreso a través del trabajo. En esta línea, la constitución provisoria se encarga de dar todas las facilidades al extranjero, especialmente lo que tiene que ver con la libertad de culto, los derechos de propiedad y los derechos civiles en general, pero niega los derechos políticos e incluso pone en tela de juicio la utilidad de un pueblo educado. De hecho, Alberdi llega a preguntarse de qué ha servido la instrucción primaria y aboga por una rousseauniana “educación por las cosas” que podría resumirse en el apotegma que, parafraseando un título de autoayuda, rezaría “Más martillo y menos Platón”.
De lo dicho hasta aquí pueden seguirse varias cosas: en primer lugar, hay un Alberdi menos lineal, más polémico y más interesante que el que generalmente se reconoce cuando se lo ubica sin matices dentro del pensamiento liberal ortodoxo. En esta línea cabe resaltar el esfuerzo de un intelectual que intenta compatibilizar su ideal utópico con un diagnóstico demasiado realista. En segundo lugar, parece necesario interrogar a la clase política y a los comunicadores de la actualidad acerca de a qué restauración republicana refieren puesto que probablemente, no adhieran a varios de los lineamientos alberdianos resumidos en estas páginas.
Por último, lo que tal vez tenga más vuelo filosófico y hasta literario, tiene que ver con el “origen provisorio y transitorio” de nuestro Estado-nación. Habría que rastrear cuántos países en el mundo aceptan una piedra fundamental sólo válida para un aquí y para un ahora y en todo caso interrogarnos hasta qué punto este particular origen no resulta uno de los rasgos distintivos de la idiosincrasia argentina aun en el año de su bicentenario.